lunes, junio 9

Entrevista a un ex presidiario

Existe una revista sobre el comportamiento humano en sociedad. Por ahora, simplemente funcionó como un buen trabajo práctico para el instituto, ya que existe un único número y tan sólo cinco ediciones. Quizás más adelante, esta publicación sea regular y con más ejemplares. De ese "número 0", extraigo una entrevista a un ex- convicto, quién, gentilmente, tuvo la amabilidad de invitarme a su casa y contarme sus particularidades.

Historias de vida

A veces el ser humano necesita tropezar más de una vez con la misma piedra para entrar en razón. Llegar a un punto de sufrimiento para poder valorar los pequeños (y grandes) momentos que la vida regala. Juan tiene 33 años y ha pasado la mayor parte de su vida adulta en prisión, debido a una serie de delitos que comenzaron cuando tenía 14 años y que fueron creciendo en cantidad y calidad de acuerdo con sus necesidades temporales. Hasta que llegó un momento en el cual los robos se volvieron temerosos no sólo para las víctimas sino para el mismo Juan, quién entró en un espiral delictivo inconsciente y auto-destructivo. Muchos años en prisión y varias experiencias traumáticas fueron parte del calvario mental que el ciudadano nacido en Claypole (Provincia de Buenos Aires) tuvo que afrontar. Tormentos que, actualmente, parecieran ser el motivo por el cual Juan quiere comenzar una nueva vida, y así dejar atrás tantos años de penas.

¿A que edad comenzaste a robar?

“A los 12 años. Pasaba necesidades...Por ejemplo necesitaba unas zapatillas y me dejé llevar por el impulso. Me vinieron a buscar unos amigos y me dijeron: ´´ Mirá. Allá hay una gallina...tiene pollitos...La agarramos y la vendemos...´´ Eran centavos los que nos daban...y así empezamos...Por mi cabeza sólo se me pasaba ir a robar y conseguir rápido lo que quería...Todo lo que veía lo agarraba....Llegó un momento en el cual tuve miedo, porque ya era demasiado...

¿A que edad comenzaste a robar?

“A los 12 años. Pasaba necesidades...Por ejemplo necesitaba unas zapatillas y me dejé llevar por el impulso. Me vinieron a buscar unos amigos y me dijeron: ´´ Mirá. Allá hay una gallina...tiene pollitos...La agarramos y la vendemos...´´ Eran centavos los que nos daban...y así empezamos...Por mi cabeza sólo se me pasaba ir a robar y conseguir rápido lo que quería...Todo lo que veía lo agarraba....Llegó un momento en el cual tuve miedo, porque ya era demasiado...

La primera vez que caíste preso,¿Cuántos años tenías?

“14. De ahí en más siempre volvía a prisión dos o tres veces en la semana. Iba, salía, entraba, salía...No le daba importancia...”

¿Y con respecto a tu familia? ¿Con quién vivías cuando eras chico?

“Vivía con mi madre, con mi padre...pero yo me sentía de menos (sic)...me sentía perdido...Por eso te digo, todo empezó por unas zapatillas, luego un coche, una casa...Llegó un momento en el cual ya no me importaba nada...”

El tiempo no sólo transcurría para Juan y sus nuevas “necesidades”, sino que también para la justicia. El otrora adolescente y sus hurtos menores le dejaron paso a un adulto con ambiciones más grandes. Pero la manera de conseguir los nuevos objetos, esta vez, no iba a traerle un breve paso por las celdas, sino una marca para toda la vida. A los 21 años cayó preso y tuvo que cumplir una condena de 6 años que si bien fue el período mayor en la cárcel, no fue suficiente para lograr encauzar la vida de Juan. Al salir de Olmos, continuó con sus métodos delictivos que lo alejaban aún más de la redención. No obstante, los seis años encarcelados fueron la semilla que inició una paulatina reflexión sobre la vida que estaba llevando.

“Fue muy duro el tiempo vivido en Olmos. La única asistencia que tenía era el abogado, nadie más. Quizás una o dos tarjetas telefónicas que mi mujer me mandaba, 20 pesos...Pero sobrevivía con eso...Un papa, una cebolla, un pedazo de carne...Un pulso, dos pulsos, tres pulsos...Pero yo vivía...Así que de hambre...a mi no me pueden decir ´´ yo tengo un hambre ´´, porque no tenés hambre. Saliste de tu casa, te tomaste un mate, no podés tener hambre ahora. Por otra parte, también fue muy duro el estar preso con mis dos hermanos...Uno murió dentro de la cárcel y el otro a los tres meses que recuperó la libertad. Es muy feo mirar de una ventana a la otra y ver a tu hermano...Luego ver afuera a tu madre, tu mujer, tu hijita que está creciendo...Cuando estaba en la cárcel, mis compañeros me preguntaban cómo era mi nena y yo les decía que era así (sube la mano a metro y medio), y ellos me decían ´´ No Juan. Un año es la altura de una mesita...´´. Yo me la imaginaba grandota (sic), hablaba por teléfono y ella me decía que jugaba, que le regalaron un triciclo, todas esas cosas...Y yo me preguntaba ¿porque no puedo ver todas esas cosas...? A ella la vi caminar en la cárcel...Llega un momento que te cansa...”

¿Y cuál es la motivación que te hace intentar cambiar de rumbo?

“Es una consecuencia de tantos años de sufrimiento. ¿De que sirve tener 100, 200, 300 si hoy los tengo y mañana no? Tenía que lastimar a otro para tener algo. O le tenía que sobrar a otro para poder ganarlo. Joder a otro para comer...molestarlo...Vos por semana dame tu bolso, vos por semana dame tu remera, tu pantalón... ¿Pero con que necesidad? A eso voy. Yo me adaptaba al ritmo ese. Ahora lo que valoro es lo que gano trabajando...el otro día le decía a mi señora: ´´Sabés Marta, que se fue toda la plata...compré comida, leche, cigarros ´´, y eso yo lo siento. Antes no me importaba porque no era mío...Lo que antes gastaba en un día, ahora me dura una semana. Mirá que diferencia hay...”

Marta es la mujer de Juan. Ambos son padres de una nena de dos años que ya fue mencionada en la entrevista. Mientras Juan iba narrando la forma en la cual debe aclimatarse a las nuevas realidades económicas, su esposa aportó un concepto clave con respecto a la noción de “tener y no tener” que Juan, valga la redundancia, no tuvo. La señora de unos 40 años explicó lo fundamental que es hacerles entender a los chicos que hay determinados objetos de deseo que, o bien se necesita cierto esfuerzo y paciencia para conseguirlos, o, en el peor de los casos, aceptar que, momentáneamente es imposible poseerlos. Referido entendimiento puede resultar muy costoso y más aún cuando se tratan de necesidades básicas y no meros artículos de entretenimiento.

La mirada de los demás

Siempre se ha remarcado, con buen tino, la discriminación que reciben los ex convictos en su intento de re-inserción a nivel laboral y social. El tiempo estado en prisión no sólo se vuelve un martirio dentro, sino que, una vez afuera, la mirada de los demás puede transformarse en nuevas condenas, esta vez, morales. Pero Juan se desvía de los casos comunes. Su capacidad autocrítica hace que reconociera que era él quien se apartaba, ante el temor de tal juzgamiento social. Una especie de coraza emocional que se anticipaba a potenciales acusaciones.

¿Cómo fue el trato que recibiste de la gente, al salir de prisión?

“Yo estoy agradecido. Porque a pesar de estar tanto tiempo solo, que venga alguien a decirme ´´ ¡Hola Juan! ¡Saliste!´´, me ayuda mucho. Al principio a mi me costaba mucho salir de casa. Por ejemplo, Marta me decía ´´ ¿Por qué no vas a buscar trabajo?´´...y yo no iba porque pensaba que me iban a discriminar por haber estado preso...Pero eso fue porque aún llevaba una mala vida...No quería cambiar, no quería hacer nada...”

¿Y ahora estás trabajando?

“Sí, en una obra en construcción...y laburo de seis de la mañana a seis de la tarde...”

Me imagino que el dinero no es el mismo que ganabas antes…

“Imaginate...de tener $ 500 al día a tener $240 por semana...Pero es un cambio que me ofrece estar en mi casa tranquilo...Duermo, miro la tele, escucho música, estoy con mi hija...Son cosas que antes no las hacía...Tenía 100, lo gastaba, tenía 200, lo gastaba...No valoraba el dinero.”

¿Y como fue el terminar con algunas amistades negativas para empezar a trabajar?

“Yo conozco a pibes que, ahora, paso y los saludo...no más...Yo sé que hacen, que no hacen, pero a mí no me importa. Me gustaría que ellos piensen lo mismo que yo. Cuando empecé a trabajar me daba vergüenza cruzarlos...Cuando los veía, me preguntaban: ´´ ¿Que andás haciendo, Juancito?´´, y yo les mentía. Decía que acababa de hacer un “laburo”, cuando en realidad me había roto el lomo toda la semana trabajando

Marta, desde un rincón, vuelve a acotar con frases elocuentes. Esta vez narra una pequeña anécdota que tuvo lugar hace unos días. Con el propósito de profundizar la inversión mental de Juan, escondió el reproductor de Dvd que su marido había comprado con uno de sus primeros sueldos. Su intención era simular que el Dvd había sido robado. Para dicho fin, se valió de una costumbre que Juan tiene cuando sale de su casa, que es la de no cerrar la puerta. Fue así como Marta actuó un falso hurto para ver de qué manera respondía su esposo. La reacción de Juan fue perpleja. Una bronca paradójica, ya que el enojo se mezclaba, ineludiblemente, con sensaciones de culpa y entendimiento del lugar que ocupa la víctima. Lugar que durante mucho tiempo, él le propició a un gran número de personas. El camino que Juan ha iniciado es incipiente. Deberá sortear un sin números de tentaciones del pasado, y transformar estas primeros meses de cambio en una normativa. Él mismo reconoce esta situación cuando dice que: “La otra vuelta estuve sin laburo tres días. ¿Sabés que me iba a ir a robar y me dio miedo? No tenía un mango y no robé... ¿Sabés porqué? Porque me daba miedo de volver al mismo lugar...volver a pasar el mismo sufrimiento…Pensaba: “No...mi hijo...No...la Marta (sic)...No...mi casa...No...mi vida” Me dio miedo...Me agarró una sensación que me decía ´´ volvete´´.

Con la ayuda de sus familiares más cercanos y, principalmente, con su propia voluntad, Juan podrá lograr el giro de 180º del cual tanto habla. Será una inmejorable posibilidad de poder aplicar el concepto oriental que une a las crisis más extremas con la posibilidad de cambio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

excelente relato de esta historia de vida y muy bueno como ejemplo :-)